Cada vez que tengo la oportunidad de visitar Estados Unidos me maravillo con sus obras públicas: no tanto por lo espectacular, sino por la forma en que se preservan. Mantienen las estructuras casi tal y como fueron concebidas, respetando su esencia y memoria.
Cuando llega el momento de remodelar, lo hacen sobre los mismos cimientos; intervienen con respeto por la historia y por la narración urbana que conecta a los habitantes con sus orígenes y ayuda a los visitantes a entender sus modos de proceder.
En muchos países latinoamericanos ocurre lo contrario: es común borrar lo anterior para dar paso a la novedad. Arquitectos, paisajistas y desarrolladores plasman sus innovaciones con gusto por lo nuevo, pero muchas veces a costa de la memoria, la funcionalidad y la identidad del lugar.
Esta misma actitud se replica en la industria del software. En lugar de trabajar sobre lo existente, con frecuencia se impulsa la creación de sistemas completamente nuevos siguiendo la última moda tecnológica, y se descarta lo ya construido en busca de proyectos aparentemente más rentables.
Comparto esto porque, al pasear por el malecón de Santo Domingo, sentí esa disonancia: se eliminaron miradores diseñados por la administración anterior para colocar dos sillas que —en mi opinión— aportan poco valor y rompen la continuidad del espacio.
Si fuésemos más conscientes de la continuidad —si pensáramos en mejorar sobre lo bueno en lugar de reemplazarlo por novedad— nuestras ciudades serían más robustas, y del mismo modo nuestros softwares empresariales serían más estables, eficientes y duraderos.
Esta reflexión no es un pronunciamiento político: es una expresión de indignación y, sobre todo, de esperanza. Creo firmemente que podemos hacerlo mejor; que la mejora responsable y respetuosa del pasado nos haría más sostenibles y coherentes como sociedades.
